Azul es el cristal y azul, el mundo

And with that he turned so sharply that Tommy had not time to turn and see him jump over the hedge; for Tommy remained staring at the cottage, with a new look in his eyes.

G. K. Chesterton, The Coloured Lands

Azul es el cristal y azul, el mundo.
Y es todo verde, o rojo, o amarillo
detrás del tinte opaco y la tristeza.
Pero hay un cuento, un mago y un diamante
que brillan con el brillo de las cosas.
Y un niño ve la luz que resplandece
en su granja, feliz con sus colores.

 

cropped-limon.jpg

Vivaldi

La tierra se ilumina. Tiene el cielo
la luz que traza el soplo del oboe,
como una voz que vuela. Trina el aire
con un brillo celeste, verde, blanco.
El viento en cada cuerda se entrelaza
con la mañana, el día y los colores
del sol, entre la música y las cosas.
Pequeño es todo y todo es un reflejo
que hiere de alegría cuando suena.

 

cropped-limon.jpg

Tres prendas

I

El dragón galés y plateado

Así me viste cerrar
los ojos, cuando veía
tu prenda que en los destellos
de plata el alma me hería.

Así me viste cerrar
los ojos que te veían.

Y entre la felpa y el aire,
y entre la muerte y la vida,
está un dragón que se duerme
con el dolor de los días.

Y no me viste llorar…

II

La pulsera de tiento

Un tiento ciñe mi brazo
que me ajusta las caricias,
para el sosiego y la siesta,
como una luna dormida.

Tiene blancura de plata
la celeste celosía,
con la que un potro estrellero
me ajustó el brazo y la vida.

¡Ay, brazo que al valle bueno
de su cielo volvería!

¡Ay, vida que ajusta un tiento
para su estrella y la mía!

III

Tres piedras

Una piedra, dos y tres,
las piedritas de tu amor:
voy hacia el risco más fiero
para que duela el dolor.

Para que quede en el bosque
la huellita del tejón,
y allí se queden las tibias
caricias que tengo yo.

Una piedra, dos y tres,
las piedritas de tu amor:
voy hacia el monte más alto
para que duela el dolor.

Una piedra, dos y tres,
las piedritas de tu amor:
voy hacia el cielo más alto,
tres piedritas, una y dos.

 

cropped-limon.jpg

 

Benteveos en invierno

large

Está la leyenda del “Pito-güé” y están sus variantes. Y los distintos modos en los que las regiones lo llaman, según el sonido que creen oírle al cantar.

La vieja y entrañable cuestión de las onomatopeyas.

Está la consabida guerra de quienes distancian hasta la casualidad al hilo sedoso que va de la palabra a la cosa designada. Al hilo que se llama modos del hombre, costumbres primeras, paisajes, comidas, balbuceos de niños que aprenden a hablar, diminutivos amorosos, herencias sonoras, olores, colores…

Están esas cosas.

Hilo sedoso. Resistente, sin embargo.

Pese a ser uno de los más tijereteados, entre los otros hilos de la tela nuestra.

Y si a la casualidad o a la arbitrariedad va a parar una historia que cuenta el origen de un nombre que designa una cosa, tendríamos que ponernos contentos al ver que la ciencia no explica el mito. Ni lo desentraña.

Ni hay por qué desentrañarlo.

Hay que contarlo. Con palabras. Con algunas de las palabras que suenen a viento, a río, a murmullo, a arrullo, a tierra, a odre, a madre y odre, a pájaro… A bichofeo, a benteveo.

Voy a decir que creía que la palabra benteveo empezaba con v corta. Marcada tendencia mía al llamado: –Ven... Pero parece que los años que llevan las palabras son más y más nobles que uno, porque en realidad proviene de bien, que es mucho mejor.

Ni qué hablar del te veo.

Al oído me parece que, de todos los nombres que recibe ese pájaro maravilloso, bichofeo es a lo que más suena su chillido.

Pero el que más me gusta es benteveo.

Y así lo descubrí en el diccionario. Las variantes venían después, cuando se hacía referencia a las regiones donde habita y a los hábitos de este peculiar pajarito.

Que, por otro lado, es precioso. Porque una cosa es que grite: –Bicho feo… Y otra es que lo sea. Su ruido propio es tan particular como su plumaje de pecho amarillo verde-limón, su capa parda oscura, su piquito de gaviotín y su singular antifaz delgado, de horizontal elegancia.

La noticia biográfica del diccionario no explica por qué, pero dice que prefiere habitar cerca de las lagunas o en pequeños bosques, no muy lejos del hombre, a quien parece gustarse en venir acompañando desde hace bastante.

Paisajes así hay en distintos lugares del país. Y en ellos, benteveos que van y vienen.

Con su costumbre migratoria de anidar en marzo, para irse en agosto y volver, si puede, en el marzo siguiente.

Me tocó en el alma saber eso.

Y me fui al grosellar del oeste, aquí detrás de mi casa, donde anidan estos benteveos de bosque, mar, sierra y laguna.

Porque les fui a preguntar si eran los que se habían ido.

Y me respondieron: -Bicho feo… Me calificaron, digamos. O me dijeron que esas cosas no se preguntan.

O quizá me dijeron: -Bien te veo… Como si fuera: -Sé quién eres…

Me resultó natural pensar que los animales hablan con los hombres en los cuentos. Especialmente en los cuentos que enseñan cosas. Y en las cosas que hay que aprender. En lo mucho que hay que ver y oír.

Y que no está mal preguntarle a las olas, ni decirle a la luna, ni confesarle al viento, ni llorarle al sauce.

Así han hecho los hombres durante siglos.

Y muchas palabras han nacido de esos diálogos sinceros.

Porque es verdad que el grosellar se despobló de benteveos en invierno. Y que estaba triste y frío. Que la lluvia era dura y el viento fuerte. Que la soledad mordía en todas partes.

No era buena esa pena para el chispeante benteveo. Tan hermoso. Tan para verlo brillar al sol y oírlo cruzar feliz las copas y las ramas.

¿Por qué retenerlo?

Si él sabe dónde debe estar.

Si tiene su norte luminoso en el rumbo de su vuelo.

De modo que cuando lo volví a oír en septiembre, y me aparecí a preguntarle si era él quien había vuelto, creí haberle entendido: -Yo soy el que se va, si bien te veo…

Y quise aprender a bien verlo.

Porque así como no se puede querer al benteveo en esta pena, bien puede ser que él prefiera irse, para bienverme sin tristeza…

¿Y qué decir del regreso, de los regresos?

¿Será exactamente el mismo pájaro? ¿El mismo individuo de la especie?

¿Qué gesto es el que muestran uno y muchos y cientos?
¿Es en verdad una vuelta? ¿No es un ir siempre a la luz y seguirla adonde esté?

La fábula dice que mi ave responde solamente una cosa:  -Bien te veo…

Entonces pensé que las migraciones podrían obedecer a muchísimas cuestiones giratorias, y que esos movimientos de animosas espirales sólo podrían entenderse desde una distancia más grande, en un punto inmóvil y en un estado de mirada plena.

Mientras tanto, en los confines o en los inicios, me dice: -Bien te veo…

Como me dijo el primer día.

Y el cuento termina cuando la joven va al bosque de grosellas, al fin de todas las estaciones, sin pena y sin tristeza, y reconoce al benteveo y lo nombra.

Él, a ella se vuelve, hecho hombre. Y le dice:

-Ahora que bien me ves, puedes decirme: -Ven… Te veo.

En el grosellar se dice que fueron felices y comieron perdices. Y, como decía mi padre, a mí no me dieron porque no quisieron.

 

cropped-limon.jpg

 

Años luz

3bc08a1332fd88f7133171fb6fe82769--country-paintings-french-paintings

Años luz es el título que lleva este libro de poemas.

Es una medida de tiempo y espacio a la vez, una medida de lejanía casi infinita, pero luminosa. Como el paso del hombre eterno y de lo que ama.

I. El país del hombre

Día

La luz es una voz que lo despierta
y lo enamora. Busca el este abierto
entre las ramas, como oliendo el aire
nacido desde el mar detrás del mundo.
Es toda novia suya la mañana.
Con ella está. Nadie lo sabe. Labra,
muele las cosas como artesanías,
como si fuera trigo el tiempo, el río
de las horas nacidas entre mimbres.
Con ella está. Con ella habla de amores.
La salvia y las lavandas y la eugenia
lo celan, como yo, que estoy dormida.

Noche

Lo encuentra demorado en la luz última,
todavía amante que tiembla. Llega
y lo desposa con fuego, lo roba
para adentro, lo envuelve cielo arriba
entre soles plateados, parpadeantes.
Entonces, se cobija con el cosmos
y ella le habla de faros marineros
y de peligros y de tempestades.
Entonces, capitán del sur del mundo,
se aquieta. Cierra el viento y la ventana,
prende leños y ramas de eucalipto
y me trae la noche como un día.

Agua

Del agua sabe que es como la gracia,
como verdores transparentes, médula
del hombre. De su origen y su fuente
busca el río que bañó su cabeza.
Recorre los arroyos y los chopos
de hielo, por los hilos serpenteantes
entre piedras, con la sed oportuna
y viva. Sabe su sabor antiguo,
paladea el cauce. Ve las heridas
como el sol y el desierto de este mundo.
Ciervo del bosque y de los claros, oye
el ruido sonoro del manantial.
Detiene el paso. Se inclina y recibe.

Fuego

Un relámpago de ramas y chispas
llega a sus ojos. El otoño avanza.
Abril, mayo. Las tardes que se funden
con la noche y los regresos le dicen
que habrá frío. Sonríe y sueña amores
de astillas que despuntan luminosas.
Comienza un tiempo suyo masculino
de labores, de rincones humeantes,
de cargas y caminos de corteza,
llenos de piñas, leños y licores.
Huele a él toda la casa. Cocino,
para servirle el pan hecho a su fuego.

Viajes

Anda. Mira los puntos cardinales.
Entrecierra los ojos. Busca el mapa.
La manta sobre el hombro. Las correas,
tabaco negro, yerba, algún bocado.
Cada paisaje viene a su camino
como si fuera el mundo que despierta.
Habla con gentes. Oye los acentos.
Los nombres de las cosas y las cosas.
Un sitio, al fin, lo invita. Se descubren,
conversan en silencio. Se regalan
la tierra, el hombre, el tiempo, sus acordes.
Y delicadamente se retira.

II. En la raíz

Los hijos

Una viña lo abona y lo desangra.
Desde la luz de aceite en cada noche
infinita, con los sueños velando
y sus abrigos, hasta el vino nuevo.
Tesoro de a racimos, olivares,
truenos que lo despiertan, flores,
llantos, risas, pájaros, cascabeles.
Son su viña. Su reino en una mesa.
Su amor en alto. Su valle. Sus hijos.

Esposo

Amó las nubes del cielo y las aves
sobre el monte, la noche iluminada,
los rugidos feroces, los arroyos,
el mar, la cumbre, el sol y los senderos
de la tarde. Los bosques y las piedras
quiso. Bebió los vinos y los cántaros.
Esperó el invierno, guardó los brotes
de la primavera. Buscó la sombra,
durmió como una hazaña en la vendimia.
En vilo, el corazón y su costado
viven, con un amor despierto en sangre,
en hueso, en alma, en voz y en semejanza.

La voz

Dicen los árboles que el viento sopla
y que las aguas corren, dice el río,
como lo dice el trazo del amor
extremo, que de norte a sur enciende
las estaciones. Dicen las moliendas
y trapiches que los frutos rezuman,
y que la tierra canta, dice el hombre.
Oye los pájaros, el mar, el fuego,
el hierro y los oficios, la madera.
Todo en el aire es música que vive.
Pero una voz lo nombra en la palabra
y el hombre acuña el signo de las cosas.

Custodio

Todavía la guerra. Se levantan
idiomas en la ciudad de los hombres
como raciones y mundos. Apenas
aire y vino amargo. Dirigen pasos
a alguna parte de un retorno ciego,
como si todo hubiera terminado
con el día y la noche. Sueñan horas
o países donde infinitamente
hablan. Sin embargo, cae la tarde.
Al final de una calle, en las afueras,
un apretado ruido, entre chispeos
y voces claras, revive los ojos
como colores. Encendido el cielo,
van otra vez por la luz y el ocaso.

 

cropped-limon.jpg

Quisiera los jazmines de diciembre

Quisiera los jazmines de diciembre
y la flor del ciruelo en primavera,
y hojitas de mi roble amanecidas,
y un mediodía, al aire de tu tierra.

Y las mañanas frías de septiembre,
y el siempreverde que siempre verdea,
y aromas de lavanda atardecida,
y un árbol blanco, al norte de tu sierra.

Y el viento marinero de noviembre
con el aire del bosque y la madera,
y todo el cielo al borde de tu orilla
para tenderme, al brillo de tu arena.

Y que no hubiera espinas en octubre
ni herida que no hiciera valer penas.
Y sin saber, quedarme adormecida,
como alumbrada, al pecho de tu hierba.

 

cropped-limon.jpg

Impeachment

Si fue que, como aquellos, éstos, otros
o con ellos, algunos, o entre todos
quitaron, o vendieron, o perdieron,
robaron y después distribuyeron
a todos, o a los suyos, o a los muchos
que vieron o apoyaron o negaron,
no me importa. Pero en cada palabra
incrustada en el fuego de su dogma
con látigos de gestos en los ojos,
forjada con el odio a lo invisible
en la verdad del pan, del animal,
del macho y de su hembra y de los hijos
nacidos del amor en todo tiempo,
fue en todo la verdad que fue arrasada.

 

cropped-limon.jpg

Mar con cabritos

sorolla

Había una avenida en diagonal al faro. Era casi como una flecha que apuntaba y daba al mar.
Se acortaban cuadras, yendo por allí. Se abreviaba el camino y se atravesaba el campo.

En aquel entonces, eran muy pocas las casas en las zonas del sur, pero las necesarias para saber a la región poblada. Molinos. Tranqueritas. Y hasta huellas que se animaban a mostrar el cariño por haber llegado hasta allí y por haberse quedado a vivir.

Lajas de piedra cercanas a la puerta, puestas en un jardín breve al frente de la casa, como clavadas al uso de un cartel o de un mojón, llevaban pintados nombres sencillos de gente sencilla, a la que seguramente habían traído labores de marinería o de campo, de campo de mar o de tierra.

Muchas de aquellas casas que había, estaban en la diagonal. Cada tanto, algunas calles laterales le asomaban sus esquinas, arriesgando un número por nombre.

Hoy todavía es así.

Sólo que antes parecía que la región del sur estaba más lejos. Eso también era estar más lejos de cualquier parte del resto del mundo.

Creo que esa impresión la dan los faros.

El faro se veía desde cada rincón de aquellos lugares. De cerca, no parecía muy alto sino más bien, bajo y robusto. Las rayas blancas y rojas, gordas y horizontales, sumadas a la parte superior de su luz, con alero de gran visera, lo hacían bastante similar a un marinerote.

Así lo miraba, durante el día. Como si hubieran puesto un muñeco de cartón, a la entrada de un parque de diversiones. Más hecho para los niños de la tierra que para los hombres de los mares.

Faro, como marinero en tierra, hubiera dicho Rafael Alberti.

Y así lo recordé. Porque parecía el más grande marinero de todos los que hubiera habido y que, de tanto saber las artes navegantes, hubiera sido ascendido del mar a la tierra, y de la tierra al borde del cielo.

En una de las calles laterales que cortaba la diagonal, estaba la casa a la que íbamos. Eran los veranos.

Las casas fueron tres, una junto a la otra, a medida que las iban construyendo. La vista era la misma. Desde el ventanal, se veía el mar a lo lejos, el faro a la izquierda y el campo a la derecha.

El mar era una franja y así también, el campo. Lejanos, anchos, extendidos, tendidos.

En esa zona del sur, el verano se dice por la luz y por algo de calidez en los mediodías. Las tardes son frescas. Un sweater, un abrigo, una bebida, se hacen cosas imprescindibles para mirar el mar desde la casa, cuando anochece.

La felicidad de las horas del verano era para mí la lentitud con la que se demoraban los atardeceres.

Tan grande era el cielo y tanto el tiempo que tomaba su danza en la partida del sol hacia el oeste serrano, que, entre las siete y media de la tarde y las ocho y media de la noche, tuve todas las horas nuevas para mirar los días hechos noches y los ojos de mi padre.

Aprendí a mirar como mi padre, creo, en aquellos atardeceres.

Y reconocería ese modo de ver, entre todos los modos posibles.

Porque así fue después, cuando fue así.

A él le gustaba usar un sweater celeste, con cuello. Y le gustaba ponérselo todas las tardes, después del baño, para preparar una antecena de anchoítas, vino y queso duro.

Se corría un poco las mangas hacia arriba, ponía una mano en el bolsillo, sostenía un vaso en la otra, y de pie y por la ventana, miraba el mar.

Llegaba yo a la altura de la base del ventanal, pero alcanzaba lo suficiente como para ver el paisaje. Si no, me arrodillaba sobre una silla, con el respaldo hacia la ventana. Y miraba.

Casi siempre, a esas horas, el viento del sur soplaba intenso. El oleaje lo seguía.

Entonces, en la franja del mar, empezaban a verse pequeñas crestas de olas que aparecían y se disolvían, oblicuamente, de sur a norte. Los rizos blanquísimos iban poblando el campo marino y un azul más profundo lo oscurecía en contraste.

-Es el mar con cabritos –decía papá.

-¿Cómo, mar con cabritos?

-Cosas de mi madre, tu abuela.

No me miraba para responderme. Amaba que hiciera eso. Bebía otro sorbo y asentía, como si lo dijera otra vez, pero en silencio.

Estaba atento a lo que veía y, seguramente, le volvería al oído la voz de su madre, hablándole.

Lo mismo me ha pasado con mis hijos, viendo el mar así.

-Tu abuela era muy graciosa, muy ocurrente –seguía papá, mientras miraba.

Queriendo ver si afuera aparecía la abuela que no había conocido, me encontraba con la franja de mar lejana, azulísima, salpicada de espumas que se crispaban y se deshacían en instantes.

El cielo se oscurecía de a poco, con un mar debajo que se anticipaba en el nocturno, acentuando su amor en semejanzas.

Todavía el oeste retenía la tarde, en lo temprano de la noche.

-Ya casi no se ven los cabritos… ¡Qué pena…!

Entonces, en ese momento exacto en el que los azules llevaban a dormir a los cabritos, la luz del faro se encendía.

-Ahí está… –anunciaba mi padre.

Quedaba unos minutos fija, mirando hacia nosotros. Estaba muy lejos. Parecía una lamparita blanca, sin brillo, entre los restos de la luz verdadera.

En esos instantes, la marcha de la cocina de mi madre daba señales de aroma a tomate y a pescado con laurel y orégano. Las cejas de papá se enternecían. Se oían el golpe del mango de la cuchilla con la que mi madre machacaba un ajo y la súbita caída de éste al sartén, hirviendo en oliva.

Todo el silencio estaba afuera. La luz del comedor nos reflejaban a mi padre y a mí en el vidrio del ventanal, como un espejo.

Ya había que apoyar la nariz en la ventana y acompañarse con la mano entre la frente y el vidrio, para distinguir las líneas de los azules.

Papá hacía lo mismo que yo.

La luz del faro había crecido. Brillaba nítida.

-Ahora se va a apagar…

-¿Cómo? ¿Por qué…?

Mi tristeza buscaba la luz del faro y el rostro de mi padre por igual.

Sin mar, sin luz y sin cabritos… Sin rojos al oeste. Todo noche y todavía viendo, sin ver casi nada.

-Ahí está…

El faro se había encendido nuevamente, más luminoso. De pronto, disminuía la luz en un costado y un haz de paisaje se aclaraba.

-Empezó a girar… ¿Ves?

-Sí…

Cuando quería acordarme, estaba pegada junto a mi padre. Me había abierto su brazo izquierdo y yo miraba hacia arriba, buscándole los ojos.

Recién allí, miraba los míos, y sonreíamos.

-Son veinte segundos, los que tarda en volver la luz…

Los contábamos juntos, unas cuantas veces. Cada cuenta, más juntos.

-Ahora, ahora… Ahí viene…

-Falta…

La cena nos llamaba. Todo lo que había demorado tanto tiempo parecía que había pasado en un instante.

Pero había más ceremonias pequeñas por hacer. Abrir el bargueño provenzal, cofre de aromas vivos, buscar las cosas para poner la mesa, elegir servilleteros… Hundirnos y fundirnos en aquello que venía y que se hacía habitualmente, hasta dormirse, como si hubiera sido el último, el primero y el único de los días de siempre.

Hoy son muchas las veces en que puedo ver ese mar con cabritos. El viento suele soplar con fuerza y el mar es presto siempre a crisparse de espuma.
Mis hijos habrán de llevar y de llevarse ese modo de pronunciar algo que ha visto su antigua sangre, con su sangre nueva.

El faro continúa allí.

Pero me quedé pensando en la imagen del marinero ascendido del mar a la tierra, y de la tierra al cielo.

Pienso en si se podría ser luz para los nuevos marineros, renunciando a la gloria de los mares. Como si se entregara el navío y se ascendiera iluminando desde el borde del cielo, para las noches de los hombres en la tierra.

Será que uno, de chico, dialoga con las cosas en un presente tan recién hecho, que le es natural entregarse a lo que ya tienen de eterno y a lo que tienen destinado para hacer, mientras el tiempo dure.

Ahora, a los años, he podido volver a caminar por esa diagonal.

Cuento los veinte segundos, como si rezara una cuenta del rosario.

Mientras vuelve a girar la luz del faro, recuerdo los ojos de mi padre que esperaban la luz y a la luz que venía.

Encendidos los ojos, navegaría de noche…

Y acaso descansaría, como un cabrito del mar que se va a dormir, para pastar mañana.

Hasta que la veteranía obligue y el capitán me llame.

 

cropped-limon.jpg

 

 

Marinero, marinero

Marinero, marinero,
que un día te hiciste faro,
por alumbrarme sin pena.
Se ha vuelto luz el costado
de tu ausencia.

Gira, gira, marinero,
que tu amor ha destellado
mi nave de primavera.
Cabritos de espuma traigo
sin que duelan.

Faro eres, marinero,
por el amor navegado
con la altura de la estrella.
Un haz de mar estelado
sigo a vela.

Marinarias, marinero,
coplas marinas y un fado
le canto a tu luz torrera.
Navegante amor, nombrado
centinela.

Marinero, marinero,
que un día te hiciste faro
puesto entre el cielo y la tierra.
Hay un mar enamorado
que me lleva.

Luz de torre, marinero,
vendrá el día, cuando el claro
se despierte de tormenta.
Que nacida en tu cuidado
yo te vea.

 

cropped-limon.jpg